- defina neoclasicismo
- defina romanticismo historico social
- menciona 3 géneros de la lírica Quechua
- mencione las 4 características de la lírica Náhuatl
- defina lirica romantica
- diga que es el criollismo
- de que trata Martín Fierro
- Mencione la clasificación de la novelística Hispanoamericana
- De que trata Maria de Jorge Isaacs
- defina teatro del absurdo y teatro moderno
- de que trata otelo
- de qué trata la cantante calva
miércoles, 27 de enero de 2016
Extr. 3-4
ext. semestre 2-3
- defina neoclasicismo
- defina romanticismo historico social
- menciona los géneros de la lírica Quechua
- mencione las características de la lírica Náhuatl
- defina lirica romantica
- diga de qué trata el poema flor de Pérez Bonalde
- defina teatro del absurdo y teatro moderno
- de que trata otelo
- de qué trata la cantante calva
- nombre los representantes del teatro del absurdo y diga cuales son sus obras
- cómo surge la cantante calva
- que es el teatro isabelino
- mencione las características del teatro moderno
- quienes son los autores de Otelo y la cantante calva
extr. semestre 2
- defina teatro del absurdo y teatro moderno
- de que trata otelo
- de qué trata la cantante calva
- nombre los representantes del teatro del absurdo y diga cuales son sus obras
- cómo surge la cantante calva
- que es el teatro isabelino
- mencione las características del teatro moderno
- quienes son los autores de Otelo y la cantante calva
pruebas ext. 11-12
- defina drama tragedia y comedia y diga de qué términos derivan sus nombres
- defina épica y diga sus características
- menciona y define los elementos esenciales del teatro
- menciona los tipos de comedia y drama
- menciona las características de la tragedia y la comedia
martes, 24 de noviembre de 2015
FRAGMENTO DE FUENTEOVEJUNA (1-2)
ACTO III ESCENA IV SALE LAURENCIA, DESMELENADA
LAURENCIA: Dejadme entrar,
que bien puedo, en consejo de los hombres; que bien puede una mujer, sino a
dar voto, a dar voces. ¿Conocéisme?
ESTEBAN: ¡Santo cielo! ¿No
es mi hija?
JUAN ROJO: ¿No conoces a Laurencia?
LAURENCIA: Vengo tal, que mi diferencia os pone en contingencia
quién soy.
ESTEBAN: ¡Hija mía!
LAURENCIA: No me nombres tu hija.
ESTEBAN: ¿Por qué, mis ojos? ¿Por qué?
LAURENCIA: Por muchas razones, y sean las
principales: porque dejas que me roben tiranos sin que me vengues, traidores
sin que me cobres. Aún no era yo de Frondoso, para que digas que tome, como
marido, venganza; que aquí por tu cuenta corre; que en tanto que de las bodas
no haya llegado la noche, del padre, y no del marido, la obligación presupone;
que en tanto que no me entregan una joya, aunque la compren, no ha de correr
por mi cuenta las guardas ni los ladrones Llevóme de vuestros ojos a su casa
Fernán Gómez; la oveja al lobo dejáis como cobardes pastores. ¿Qué dagas no vi
en mi pecho? ¿Qué desatinos enormes, qué palabras, qué amenazas, y qué delitos
atroces, por rendir mi castidad a sus apetitos torpes? Mis cabellos ¿no lo
dicen? ¿No se ven aquí los golpes de la sangre y las señales? ¿Vosotros sois
hombres nobles? ¿Vosotros padres y deudos? ¿Vosotros, que no se os rompen las
entrañas de dolor, de verme en tantos dolores? Ovejas sois, bien lo dice de
Fuenteovejuna el hombre. Dadme unas armas a mí pues sois piedras, pues sois
tigres... --Tigres no, porque feroces siguen quien roba sus hijos, matando los
cazadores antes que entren por el mar y pos sus ondas se arrojen. Liebres
cobardes nacisteis; bárbaros sois, no españoles. Gallinas, ¡vuestras mujeres
sufrís que otros hombres gocen! Poneos ruecas en la cinta. ¿Para qué os ceñís
estoques? ¡Vive Dios, que he de trazar que solas mujeres cobren la honra de
estos tiranos, la sangre de estos traidores, y que os han de tirar piedras,
hilanderas, maricones, amujerados, cobardes, y que mañana os adornen nuestras
tocas y basquiñas, solimanes y colores! A Frondoso quiere ya, sin sentencia,
sin pregones, colgar el comendador del almena de una torre; de todos hará lo
mismo; y yo me huelgo, medio-hombres, por que quede sin mujeres esta villa
honrada, y torne aquel siglo de amazonas, eterno espanto del orbe.
ESTEBAN: Yo, hija, no soy de aquellos que permiten que los nombres
con esos títulos viles. Iré solo, si se pone todo el mundo contra mí.
JUAN ROJO: Y yo, por más que me asombre la grandeza del contrario.
REGIDOR: ¡Muramos todos!
BARRILDO: Descoge un lienzo al viento en un palo, y mueran estos enormes.
JUAN ROJO: ¿Qué orden
pensáis tener?
MENGO:
Ir a matarle sin orden. Juntad el pueblo a una voz; que todos están conformes
en que los tiranos mueran.
ESTEBAN: Tomad espadas,
lanzones, ballestas, chuzos y palos.
MENGO: ¡Los reyes nuestros señores vivan!
TODOS: ¡Vivan muchos años!
MENGO: ¡Mueran tiranos
traidores!
TODOS: ¡Tiranos traidores, mueran! Vanse todos
LAURENCIA: Caminad, que el
cielo os oye. ¡Ah, mujeres de la villa! ¡Acudid, por que se cobre vuestro
honor, acudid, todas!
lunes, 16 de noviembre de 2015
Fragmento de Paginas de la Historia de Colombia y Venezuela o Vidas de sus Hombres Ilustres
Todas estas dotes y una pluma fácil y flexible necesita el escritor que quera seguir Venezuela en su varia fortuna, y representarla en los días de peligro y gloria y en los de oprobio y degradación. Y hasta la diversa disposición de espíritu de los historiadores es indispensable, entusiastas y poéticos o severos y tristes, para trazar con verdad los cuadros graves y sublimes, terribles y sombríos, viles y miserables de nuestra historia. Así cuando haya que pintar a Venezuela a la cabeza e la América del Sur, venciendo las grandes batallas, haciendo estremecer al Cuzco, rindiendo a doce generales, creando a Colombia, constituyendo al Perú y dando ser a Bolivia; cuando tengamos que admirar el valor venezolano decidiendo las grandes contiendas, sus soldados de fortuna hechos jefes de las naciones que crean, las plazas públicas decoradas con sus estatuas y sus nombres convertirse en los nombres de las capitales y hacerse los grandes recuerdos de nuestra historia; fuerza será toma de Tulcídides y Tito Livio el estilo grandioso y elegante, las nobles formas, severas y sencillas de estos historiadores.
Que si es preciso trazar corazones degenerados y caracteres débiles, la tenacidad y presunción de los gobernantes, la versatilidad y ligereza de los ministros, la ambición y despecho de los tribunos, la disposición turbulenta de las poblaciones; o ya el caos sangriento de la anarquía, y pintar el egoísmo, la crueldad y el desenfreno de soldados rapaces y facciosos, manejos viles e intrigas, el olvido d toda virtud y pudor, la avaricia y el desprecio a las leyes, la República a merced de la fortuna y capricho de sus enemigos, la degradación de los ciudadanos que se precipitan en la servidumbre, la expoliación del erario, la bajeza del pueblo, el menosprecio merecido de todas las naciones, claussum armis, senatum, ahí están Tácito y Guicciardini, tristes y severos historiadores de una época semejante y a veces de crímenes iguales.
¡Pueblo singular que ha recorrido en pocos años lo que hay de más excelente en la gloria y la libertad, y de más ignominioso en la servidumbre¡ Quid ultimum in libertate…quid in servitute.
Nuestro primer pensamiento fue escribir la historia general de Venezuela, sueño de nuestra juventud y tentación seductora en nuestra proscripción civil; pero el éxito de las pocas que hasta hoy han aparecido, solo ha servido para calmar nuestro arrojo y desalentarnos. Y ciertamente que es difícil en medio de la escasez de documentos sobre algunas épocas, y de falta de apuntamientos y memorias, que quién en el laberinto de otras y en la averiguación de hechos importantes, controvertidos o dudosos, seguir a Venezuela a través de sus vicisitudes políticas, unida a España o combatiéndola, haciendo parte de Colombia o rompiendo la unidad y constituyéndose independientemente; agitada primero en su separación definitiva, próspera y feliz más luego, hasta hallar la esclavitud y la miseria, al ir en busca de una libertad irrealizable y de un bienestar quimérico. Escribiendo con exactitud y candor los hechos importantes de los varones que figuraron en la vasta tela de tantos sucesos, los dividimos realmente para estudiar mejor y para ilustrarlos, y prepararnos materiales preciosos al escritor futuro de esta vasta epopeya. Faltarán los grandiosos cuadros y pinturas, que una historia general comporta, pero el interés y la instrucción no perderán nada; ya que estudiando a los hombres en sus diferentes pasiones, aislada y detenidamente, se comprenderán mejor los sucesos en que tomaron parte, su carácter e influjo. Sin aspirar a una imitación imposible de los modelos antiguos, a la fuerza de veracidad y curiosos pormenores, procurarnos ser interesantes como Plutarco; y harto hombres presenta nuestra época para imitar modelos poco difíciles de Suetonio y Procopio.
La biografía de Martín Tovar y Tovar nos servirá para describir la época pacífica, que precedió a la revolución y os grandes acontecimientos en que tuvo parte; la vida inactiva y o abril, aurora brillante de tempestuosos días; la lucha del deber y del patriotismo contra los lisonjeros halagos el poder absoluto; el trabajo en medio de las preocupaciones de la política; la independencia de carácter en contraste con una admiración reconocida pero servil; y a través de pasiones viles y de los crímenes d una revolución larga y sangrienta, no una virtud de cálculo, que es la virtud del vicio, sino la verdadera virtud, la santidad del alma, convertía en gusto, instinto, costumbre y difundida en hechos de beneficencia y generosidad, y en una abnegación natural, sin esfuerzos ni sacrificios.
Fragmento de Edipo Rey
PASTOR: ¡Ay!,
¡heme aquí ante una cosa horrible de decir!
EDIPO: Y para mí también horrible de oír.
Pero, sin embargo, tengo que oírla.
PASTOR: Se decía que era hijo de Layo. Pero la
está en casa, tu mujer, te diría mejor que nadie cómo fue eso.
EDIPO: ¿Te lo
dio ella?
PASTOR: Sí,
rey. EDIPO: ¿Para qué?
PASTOR: Para que lo hiciera desaparecer.
EDIPO: ¿Una madre? ¡desgraciada!
PASTOR: Por
miedo de horribles oráculos.
EDIPO: ¿Qué
decían esos oráculos?
PASTOR: Que
aquel niño debía matar a sus padres; así se decía.
EDIPO: Pero
tú, ¿por qué se lo entregaste a este anciano?
PASTOR: Por
piedad, señor. Pensaba que se lo llevaría a otra comarca, a la isla donde él
vivía. Mas él, para las más grandes desgracias, lo guardó junto a sí. Porque si
tú eres el que él dice, has de saber que eres el más infortunado de los
hombres.
EDIPO: ¡Ay!
¡Ay! Todo se ha aclarado ahora. ¡Oh luz, pudiera yo verte por última vez en
este instante! Nací de quien no debería haber nacido; he vivido con quienes no
debería estar viviendo; maté a quien no debería haber matado. (EDIPO entra
precipitadamente al palacio. Los dos pastores se marchan, cada uno por su
lado.)
CORO: ¡Ay,
generación de mortales! ¡Cómo vuestra existencia es a mis ojos igual a la nada!
¿Qué hombre, qué hombre ha conocido otra felicidad que la que él se imagina,
para volver a caer en el infortunio después de esta ilusión? Tomando tu destino
como ejemplo, infortunado Edipo, no puedo mirar como dichosa la vida de ningún
mortal. «Su arco había lanzado la flecha más lejos que ninguno; había
conquistado una felicidad, la más afortunada, ¡oh Zeus!; había hecho perecer
ignominiosamente a la doncella de los dedos en garra, la de los cantos
enigmáticos; se había erigido en nuestro país como una torre contra la muerte.
«Desde entonces, Edipo, se te llamaba nuestro rey, y habías recibido los más
grandes honores como amo y soberano de la poderosa Tebas. «Y hoy, ¿quién es
aquel cuya desgracia sea más lamentable de oír? ¿Quién vive en su hogar una
vida más trastornada, más llena de aflicciones y atroces tormentos? «¡Oh,
ilustre Edipo, el mismo puerto bastó para hacer encallar al padre y al hijo en
el seno del mismo lecho! ¡Cómo, cómo los surcos fecundados por el padre
pudieron, ¡desgraciado!, aguantarte tanto tiempo en silencio! «Pero bien a
pesar tuyo, el tiempo, que lo ve todo, lo ha descubierto al fin, y de aquí que
condena tu himeneo demasiado monstruoso, que te hizo hacer madre a la que lo
fue tuya. ¡Ay!, ¡ay!, hijo nacido de Layo, ¡pluguiera a los dioses que jamás te
hubiese yo conocido! Pues desde el fondo de mi pecho grito y me lamento
sobremanera, y mi boca no puede exhalar, sino gritos de dolor. Y, sin embargo,
para decir la verdad, gracias a ti he podido respirar y sentir que el sueño cerraba
mis ojos. (Entra desolado un PAJE que llega de palacio.)
PAJE:
Vosotros, que en esta tierra continuáis siendo siempre los más dignos de
estima, ¡qué actos vais a saber, qué actos vais a contemplar, y que lúgubre
dolor vais a soportar si, como fieles a vuestra raza, guardáis aún el mismo
afecto a la casa de los Labdácidas! Pues nunca, a mi entender, ni el Istro ni
el Fasis, con sus aguas, podrán lavar ni purificar este palacio de la
abominación que lo llena. Pero pronto van a salir a plena luz otras desgracias
voluntarias y no impuestas. Ahora bien, de todos sufrimientos, los más crueles
son aquellos de los que nosotros mismos somos autores.
CORIFEO: No
nos hace falta añadir nada a lo que sabíamos para gemir profundamente; ¿qué nos
vas a anunciar aún ahora?
PAJE: Una cosa muy breve de decir y de saber.
Yocasta, nuestra reina sagrada, Yocasta ya no existe.
CORIFEO: ¡Oh, la muy infortunada! Y ¿cuál ha
podido ser la causa de su muerte?
PAJE: Nada, sino ella misma. De todo lo que
aconteció, lo más horrible te ha sido ahorrado, pues de ello tus ojos no han
sido testigos. Sin embargo, vas a saber todo lo que ha sufrido la desgraciada,
según lo que yo pueda recordar. Alocada, apenas pasó el vestíbulo, se precipitó
en la cámara nupcial, mesándose con ambas manos los cabellos. Tan luego como
entró, cerró de golpe las puertas y, llamando a Layo, muerto desde hace tiempo,
evocando el recuerdo del hijo, que había nacido desde hacía años, al hijo a
cuyas manos Layo había de morir, dejando a esa madre añadir hijos, si tal
nombre merecían, de su propio hijo. Gemía sobre el lecho en donde, doblemente
miserable, había engendrado de su esposo un esposo, e hijos de su propio hijo.
No sé cómo después se mató. Pues Edipo, gritando, llegó precipitadamente, y ya
no pude ver la muerte de la reina. Nuestros ojos estaban fijos en el rey, que
corría alocado, pidiéndonos una espada y que le indicásemos dónde se hallaba su
mujer, que no era su mujer, si no el campo maternal doblemente fecundado del
cual habían salido él mismo y también sus hijos. En ese momento, un dios sin
duda secundó su furor y le condujo hacia ella, pues nadie de los que estábamos
allí presentes le facilitamos ninguna indicación. Entonces, dando un horrible
grito, se lanzó, como si alguien le hubiera guiado, contra la doble puerta,
hizo saltar de sus goznes los herrajes labrados, y se precipitó en el interior
de la habitación. Allí vimos a su mujer colgando, todavía sostenida por un
cordón trenzado. En cuanto la vio, el desventurado Edipo, lanzando espantosos
rugidos, deshizo el nudo que la mantenía en el aire y la desgraciada cayó al
suelo. Entonces vimos cosas horribles: Edipo le arranca de los vestidos los
broches de oro que los adornaban, los coge y se los hunde en las órbitas de sus
ojos, gritando que no serían ya testigos ni de sus desgracias ni de sus
delitos: «En las sombras, decía, no veréis ya los males que he sufrido ni los
crímenes de que he sido culpable. En la noche para siempre, no veréis más a los
que nunca deberíais haber visto, ni reconoceréis a los que ya no quiero
reconocer». Lanzando tales imprecaciones, levantaba sus párpados y se los
golpeaba con golpes repetidos. Sus pupilas sangrantes humedecían su barba. No
eran gotas de sangre las que de ellos fluían unas tras otras; de ellos brotaba
una lluvia sombría, una granizada sangrienta. Estos males han estallado por
culpa del uno y de la otra, y el hombre y la mujer mezclaron sus desgracias.
Antes gozaban, es verdad, de una larga herencia de segura felicidad; pero hoy
no hay más que gemidos, maldiciones, muerte, ignominia; en una palabra, todas
las calamidades que llevan tal nombre, ni una sola falta.
CORIFEO: ¿Y
ahora, el desgraciado está más tranquilo, en medio de sus males?
PAJE: Grita
que se abran las puertas, y que se muestre a todos los cadmeos al matador de su
padre, al hijo cuya madre ..., pero no puedo repetir sus palabras impías. Dice
que quiere huir de esta tierra y no permanecer nunca más en su hogar, cargado
de las maldiciones que él mismo pronunció. Necesita, sin embargo, un guía y un apoyo,
pues su dolor es demasiado grande para que pueda soportarlo. El mismo te lo va
a mostrar. He aquí que los cerrojos de las puertas se han corrido. Vas a ser
testigo de un espectáculo que conmovería el corazón aun del más cruel enemigo.
(Entra EDIPO, guiado por un servidor; tiene los ojos reventados, y el rostro,
cubierto de sangre.)
CORIFEO: ¡Oh
sufrimiento espantoso para ser contemplado, el más atroz de cuantos hasta ahora
he podido ser testigo! ¿Qué locura se abatió sobre ti, infortunado? ¿Qué dios vengador
ha puesto el colmo a tu fatal destino, abrumándote con males que sobrepasan el
dolor humano? ¡Ah!, ¡ah desgraciado! No puedo posar mi mirada en ti; yo que
quería interrogarte largamente, hacerte hablar, mirarte de frente, no sé ante
ti más que estremecerme de horror.
EDIPO (A
tientas.): ¡Ay!, ¡ay!, ¡qué infortunado soy! ¿A qué rincón de la Tierra me iré
así, desgraciado? ¿ Dónde mi voz podrá llegar? ¡Ay!, destino mío, ¿dónde me has
hundido?
CORIFEO: En
una horrorosa desgracia, inaudita, espantable.
EDIPO: ¡Oh
nube de tinieblas!, ¡nube aborrecida que ha caído sobre mí!, ¡nube indecible,
indomable, empujada por el viento del desastre! ¡Desdichado de mí!, ¡desdichado
mil veces! ¡Con qué dardos a la vez me traspasan el aguijón de mis heridas y el
recuerdo de mis desgracias!
CORIFEO: Sufriendo lo que sufres, no es de
extrañar que redobles tus quejas y que tengas doble dolor al sobrellevarlas!
EDIPO: ¡Ay, amigo mío; tú eres el único
compañero que me queda, puesto que consientes en ocuparte aún del ciego que soy
ahora! ¡Ay!, ¡ay! Sé que estás ahí, pues, a pesar de estar sumido en las
tinieblas, reconozco tu voz.
CORIFEO: ¡Oh,
qué acción la tuya! ¿Cómo has tenido valor para apagar así tus ojos, y qué
divinidad ha podido forzarte a ello?
EDIPO: Apolo, amigos míos; sí, Apolo, él fue
el instigador de los males y de los tormentos que padezco. Pero ninguna otra
mano, ninguna otra, sino mía, ha reventado mis ojos, ¡desdichado de mí! ¿Por
qué tenía yo que ver, cuando de todo lo que podía ver nada podía ya ser agradable
a mi vista?
CORIFEO: ¡Ay! Efectivamente, sería como dices.
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