EL HIJO
Es un poderoso día de verano en
Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La
naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.
Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre
también su corazón a la naturaleza.
-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo, abreviando en
esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende
perfectamente.
-Si, papá -responde la criatura mientras coge la
escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con
cuidado.
-Vuelve a la hora de almorzar -observa aún el padre.
-Sí, papá -repite el chico.
Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo
besa en la cabeza y parte. Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su
quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.
Sabe que su hijo es educado desde su más tierna
infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y
cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años.
Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de
sorpresa infantil. No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para
seguir con la mente la marcha de su hijo.
Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al
monte a través del abra de espartillo.
Para cazar en el monte -caza de pelo- se requiere más
paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de
monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de
palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha
descubierto días anteriores. Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo
de la pasión cinegética de las dos criaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un
surucuá -menos aún- y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de
nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la gran
escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.
Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida
por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre
sonríe...
No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra
fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en
su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía
cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de
sus propias fuerzas.
Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él
considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en
el vacío y se pierde un hijo!
El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier
edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino
con sus propias fuerzas.
De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para
conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos
morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un
tiempo de alucinaciones.
Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión,
recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó.
La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez
rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una
bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su
cinturón de caza.
Horrible caso... Pero hoy, con el ardiente y vital día
de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz,
tranquilo y seguro del porvenir.
En ese instante, no muy lejos, suena un estampido.
-La Saint-Étienne... -piensa el padre al reconocer la
detonación. Dos palomas de menos en el monte...
Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el
hombre se abstrae de nuevo en su tarea.
El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde
quiera que se mire -piedras, tierra, árboles-, el aire enrarecido como en un
horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e
impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la
vida tropical.
El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y
levanta los ojos al monte. Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua
confianza que depositan el uno en el otro -el padre de sienes plateadas y la
criatura de trece años-, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: "Sí,
papá", hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha
sonreído al verlo partir. Y no ha vuelto.
El hombre torna a su quehacer, esforzándose en
concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de
la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa
inmóvil?
El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre
sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de
su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por
primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de la
Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso
conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del
bosque, esperándolo.
¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una
ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la
fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte.
Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden
retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón.
Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él,
el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una
sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia...
La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el
abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el
menor rastro de su hijo.
Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre
ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano,
adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e
inexorablemente, al cadáver de su hijo.
Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la
realidad fría, terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un... ¡Pero
dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte!
¡Oh, muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la
escopeta en la mano...
El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el
aire... ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro...
Nada se ganaría con ver el color de su tez y la
angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón
clama por él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de
pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.
-¡Chiquito! -se le escapa de pronto. Y si la voz de un
hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante
la angustia que clama en aquella voz.
Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de
sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.
-¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..! -clama en un
diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.
Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la
alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo
níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque, ve centellos de alambre; y al
pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su...
-¡Chiquito...! ¡Mi hijo!
Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre
alucinado a la más atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente
que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique
lateral a su hijo.
A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta
metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el
paso con los ojos húmedos.
-Chiquito... -murmura el hombre. Y, exhausto, se deja
caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas de su
hijo.
La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende
el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:
-Pobre papá...
En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres...
Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la
casa.
-¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora...?
-murmura aún el primero.
-Me fijé, papá... Pero cuando iba a volver vi las
garzas de Juan y las seguí...
-¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!
-Piapiá... -murmura también el chico.
Después de un largo silencio:
-Y las garzas, ¿las mataste? -pregunta el padre.
-No.
Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire
candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre vuelve a casa
con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su
feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo
y alma, sonríe de felicidad.
Sonríe de alucinada felicidad... Pues ese padre va
solo.
A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío.
Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el
alambre de púa, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde las diez de la
mañana.
EL HOMBRE MUERTO(1920)
El hombre y su machete acababan
de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en
éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante
era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los
arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas
al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un
trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba
de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no
ver el machete de plano en el suelo.
Ya estaba
tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La
boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de
cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano
izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por
debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del
machete, pero el resto no se veía.
El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una
mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano.
Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su
vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa
de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se
piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días
preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley
fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente
por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último
suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de
sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos
reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del
escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras
divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que
debemos vivir aún! ¿Aún...?
No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a
la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban
de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está
muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre
abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en
el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y
piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso
ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como
él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al
sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se
mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los
bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa.
A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más,
pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en
la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná
dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el
aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy
gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...
¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es éste uno de los
tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano?
¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro
metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de
púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino;
mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que
pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre
silbando... Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el
cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos.
Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la
distancia.
¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía
de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin
duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo... Nada, nada ha
cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su
personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él
mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus
solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por
obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se
muere.
El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre
el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa
trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la
hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el
puente.
¡Pero no es posible que haya resbalado...! El mango de
su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba
perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez
años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está
solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de
costumbre. ¿La prueba...? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de
su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro!
¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas
del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del
alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y
ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a
plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos
los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber
pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde
el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos
hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su
chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
¿No es eso...? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye
efectivamente la voz de su hijo... ¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos
días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor
silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el
bananal prohibido.
...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a
mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera
cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado
también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede
aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su
cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre:
el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el
alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más
lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste
descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas,
exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto
asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado.
Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela
ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve
a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas
-¡Piapiá!- vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y
tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que
ya ha descansado.
LA GALLINA DEGOLLADA (1917)
Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los
cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los
labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de
ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían
inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el
cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su
atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin
estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol
con alegría bestial, como si fuera comida.
Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras,
imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia,
y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero
casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo
el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de
glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su
aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado
maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el
encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron
su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho
más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada
consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin
ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de
renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó,
a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura
creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes
sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no
conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que
está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados
recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se
habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante,
muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella
espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir: creo que es un caso
perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no
más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted
cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que
creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla
bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar
detenidamente.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini
redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo.
Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más
profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la
esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron
el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del
primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación.
¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho
años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un
átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el
primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del
dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de
su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de
los dos mayores.
Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini
y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la
más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No
sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a
caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos.
Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo
al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces,
echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en
cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora
descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo,
confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo
que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento
cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de
sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían
nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que
es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre:
tus hijos. Y
como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de
entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo
inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa
forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella
los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo
tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.
—¿Qué no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo
bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de
insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero
en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y
locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a
flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los
padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más
extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de
sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo
recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A
Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había
llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con
el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado
hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto
el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse
perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel
fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se
contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual,
atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el
otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro
hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los
acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día
sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo
Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a
los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y
fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna
llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como
casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas
veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a
propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti...
¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te
juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin,
víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos,
¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como
los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te
quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la
meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un
gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la
ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los
matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la
reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se
levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda,
gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró
desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como
apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su
banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal,
desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo
de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella.
Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro,
mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni
aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía
evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los
raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente
empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a
Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol
volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su
hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el
día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y
ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto algo se interpuso entre su mirada y el
cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su
cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar,
eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no
alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico
hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo
su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie
apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes.
Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una
misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su
hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de
sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo
logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado,
seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados
en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero
fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente.
Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos
le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la
arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había
desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su
hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con
todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero,
Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre
aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el
fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó
violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al
oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al
precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso,
conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo
pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco
suspiro.
EL ALMOHADON DE PLUMAS (1917)
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical
y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella
lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando
volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta
estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba
profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron
una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese
rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible
semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus
estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas
de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo
glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba
aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos
hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su
resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No
obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún
vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su
marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de
influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía
nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba
indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la
mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos
al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la
menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó
largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día
siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma
atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz
todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos,
nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse
una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más
desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba
con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor
ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz
encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación.
La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su
mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en
su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y
flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con
los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro
lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente.
Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de
mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia
dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a
mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió
y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un
antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los
ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante
de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin
saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras
ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo
rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-.
Es un caso serio... poco hay que hacer...
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó
bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia,
agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el
día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope
casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de
sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama
con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la
abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni
aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en
forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente
por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales
deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en
el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el
delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos
de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después
a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón
hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez.
Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la
cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un
rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y
se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió
que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de
temblar.
Jordán lo levantó; pesaba
extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó
funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio
un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a
los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas
velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan
hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado
sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla,
chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del
almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo
moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había
vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves,
diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones
proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable,
y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.