viernes, 26 de septiembre de 2014

cuento el galleguito





Había en Cádiz un galleguito muy pobre, que quería ir al Puerto para ver a un hermano suyo que era allí mandadero; pero quería ir de balde.
Púsose en la puerta del muelle a ver si algún patrón que fuese al Puerto lo quería llevar. Pasó un patrón, que le dijo:
-Galleguiño, ¿te vienes al Puerto?
-En non tengu dineriñu; si me llevara de balde, patrón, iría.
-Yo, no -contestó este-; pero estate ahí, que detrás de mí viene el patrón Lechuga, que lleva la gente de balde.
A poco pasó el Lechuga, y el galleguito le dijo que si le quería llevar al Puerto de balde, y el patrón le dijo que no.
-Patrón Lechuja -dijo el galleguito-, ¿y si le canto a usted una copliña que le juste, me llevará?
-Sí; pero si no me gusta ninguna de las que cantes, me tienes que pagar el pasaje.
A lo que convino el galleguito, y se hicieron a la vela. Cuando llegaron a la barra, esto es, a la entrado del río, empezó el patrón a cobrar el pasaje a los que venían en el barco; y cuando llegó al galleguito, le dijo este:
-Patrón Lechuja, allá va una copliña.
Y empezó a cantar:
Si foras a la miña terra
y preguntaren por mí,
eu dices que estoy en Cádiz
vendiendo ajua e anís
¿Ha justado, patrón? -preguntó en seguida.
-No -respondió el patrón.
-Pues, patrón, allá va otra:
Patrón Lechuja, por Dios,
jústele alguna copliña,
porque a mis dineros
les entro la tristeza


-¿Ha justado, patrón?
-No.
-Pues allá va otra:
Galleguito,galleguito
nun seas más tacaño
mete a mano en tu bolsa
e paja al patrón su dineiro.
-¿Ha justado, patrón?
-Esa, sí.
-Pues non paju -dijo alegre el galleguito.
Y se fue sin pagar.

 FERNAN CABALLERO

lunes, 22 de septiembre de 2014

cuentos de la selva Horacio Quiroga

Este es el link para que accedan al libro Cuentos de la Selva de Horacio Quiroga

http://www.colombiaaprende.edu.co/html/mediateca/1607/articles-65458_Archivo.pdf


Bienvenidos al año escolar 2014 -2015

Se inicia un nuevo año escolar,  es mi deseo que  todos  y cada uno de ustedes  mis alumnos, logren avanzar al grado inmediato superior de la manera mas satisfactoria.
acá les  dejo el calendario escolar  desde septiembre hasta diciembre cuando se realizaran las pruebas finales


Inicio de clases
Entrega plan de evaluación y contenido programático
Lapso para  ver el contenido programático y realizar las evaluaciones del 70 %
Posibles fechas de evaluaciones del 70 %

Pruebas finales

Semana 1
Año es colar 2014-2015
SEPTIEMBRE  2014
Lunes 22


Martes 23
Miércoles 24
Jueves 25
Viernes 26
Sábado 27
Domingo 28
Semana 2
Lunes 29
Martes 30

OCTUBRE 2014


Miércoles 1
Jueves 2
Viernes 3
Sábado 4
Domingo 5
Semana 3
Lunes 6
Martes 7
Miércoles 8
Jueves 9
Viernes 10
Sábado 11
Domingo 12
Semana 4
Lunes 13
Martes 14
Miércoles 15
Jueves 16
Viernes 17
Sábado 18
Domingo 19
Semana 5
Lunes 20
Martes 21
Miércoles 22
Jueves 23
Viernes 24
Sábado  25
Domingo  26
Semana 6
Lunes 27
Martes 28
Miércoles 29
Jueves 30
Viernes 31

NOVIEMBRE 2014





Sábado 1
Domingo 2
Semana 7
Lunes 3
Martes 4
Miércoles 5
Jueves 6
Viernes 7
Sábado  8
Domingo  9
Semana 8
Lunes 10
Martes 11
Miércoles 12
Jueves 13
Viernes 14
Sábado  15
Domingo  16
Semana 9
Lunes 17
Martes 18
Miércoles 19
Jueves 20
Viernes 21
Sábado  22
Domingo  23
Semana 10
Lunes 24
Martes 25
Miércoles 26
Jueves 27
Viernes 28
Sábado  29
Domingo  30

DICIEMBRE  2014
Semana 11
Lunes 1
Martes 2
Miércoles 3
Jueves 4
Viernes 5
Sábado 6
Domingo 7
Semana 12
Lunes 8
Martes 9
Miércoles 10
Jueves 11
Viernes 12
Sábado 13
Domingo 14

lunes, 30 de junio de 2014

Maria de Jorge Isaacs




La novela “María” es considerada como el modelo de la novela romántica hispano-americana que sigue la llamada corriente sentimental.
Este tipo de narración que en Europa alcanzó la plenitud con la “Atala” de Chateaubriand y “Pablo y Virginia” de Bernardin de Saint Pierre, encontró campo propicio en América, donde se produjeron varias novelas entre las cuales destacó “María”.
La novela de Isaacs, por su tema y estructura conserva todas las características de la novela sentimental que en Francia había llegado a su apogeo con las antes mencionadas.
Está presentada en forma autobiográfica y tiene indudablemente algunos aspectos tomados de la vida del autor (sobre la existencia de María hay posiciones contradictorias).
El eje central de la novela va a ser la relación de los desdichados amores de dos jóvenes: Efraín, hijo de un rico hacendado de la región del Cauca, y su prima María. 
Las características fundamentales de la novela romántica son:
v  El idilio como elemento estructurante de la acción
v  Exaltación del yo
v  Presencia de elementos autobiográficos
v  Idealización del ambiente natural
v  Presencia del color local
v  El exotismo romántico
v  Temas y recursos románticos
En “María” la trama es sencilla, sin muchas complicaciones, se cuentan los amores de dos jóvenes Efraín y María, en una forma inocente e idílica, hasta que sobreviene la muerte de la protagonista.

Su autor Jorge Isaacs nació en el Valle del Cauca Colombia  el 1 de abril de 1837 ,publica su única novela “María” y es un éxito inmediato.  Muere el 17 de abril de 1895 en Ibagué, Tolima, victima del paludismo, contraído en juventud, en sus viajes de exploraciones en las tierras colombianas.



Fuente consultada : ROBLES DE MORA , Lolita Castellano y Literatura 5to año.

viernes, 30 de mayo de 2014

para semestre 3-4

Estudien para la prueba final lo siguiente:


Definición de neoclasicismo, prerromanticismo, romanticismo, y romanticismo histórico social, lírica romántica, lírica prehispánica .

Defina los géneros de la lírica quechua, y las características de la lírica nahuatl
Representantes del neoclasicismo hispanoamericano,del romanticismo histórico social francés y venezolano,
Etapas de la vida de bello , Que es el poema América, silva a la agricultura, sus temas  y Alocución a la poesía 

Símbolos que usa el poeta nahuatl .
De que tratan los poemas Flor, vuelta a la patria y NIAGARA de Perez Bonalde .


jueves, 22 de mayo de 2014

Capitulo primero Don Quijote


CAPÍTULO PRIMERO
Que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgoI don Quijote de la Mancha1

En un lugar de la Mancha  de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos8, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímilesse deja entender que se llamaba «Quijana». Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año—, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y, de todos, ningunos le parecían tan bienV como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza...»
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era hombre docto, graduado en Cigüenza sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de solo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán, el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura

En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba. Y lo primero  que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que, para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse de este peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que «tantum pellis et ossa fuit», le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque —según se decía él a sí mesmo— no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí procuraba acomodársele, de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar «Rocinante», nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar «don Quijote»; de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que sin duda se debía de llamar «Quijada» , y no «Quesada», como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse «Amadís» a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó «Amadís de Gaula», así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse «don Quijote de la Mancha», con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo , se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él:
—Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante»?
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cataXX dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto

La hora menguada


La hora menguada
Rómulo Gallegos

I
-¡Qué horror! ¡Qué horror!
Clamaba Enriqueta, con las manos sobre las sienes consumidas por el sufrimiento,
paseándose de un extremo a otro de la sala, impregnada todavía del dulce y pastoso aroma de nardos y azucenas del mortuorio reciente.
-Ya me lo decía el corazón. No era natural que tú te desesperaras tanto por la muerte de
Adolfo. Si parecía que eras tú la viuda y no yo. ¡Y yo tan ciega, tan cándida! ¿Cómo es posible que no me hubiera dado cuenta de lo que estaba pasando? ¡Traicionada por mi propia hermana, en mi propia casa!...
Amelia la oía sin protestar. Tenía el aire estúpido de un alelamiento doloroso; sus ojos, que un leve estrabismo bañaba de languidez y dulzura, encarnizados por el llanto y por el insomnio, seguían el ir y venir de la hermana con esa distraída persistencia del idiotismo. Parecía abrumada por el horror de su culpa; pero no reflexionaba sobre ella; ni siquiera pensaba en el infortunio que había caído para siempre sobre su vida.
Atormentada por los celos, trémula de indignación y de despecho, Enriqueta escarbaba con implacable saña en aquella herida que era dolor de ambas, arrancándole las más crueles confesiones a la hermana, quien las iba haciendo dócilmente con la sencillez de un niño,llegando a un inquietante  extremo de exageración cuando Amelia le confesó que eramadre.
¡Ella, que tanto lo deseara, no había podido serlo durante su matrimonio! ¿No era el colmo de la crueldad del destino para con ella, que tuviese que amargar más aún, con el despecho de su esterilidad su dolor y su ira de esposa ofendida, de hermana traicionada? ¡Esto sólo le faltaba: tener de qué avergonzarse!
Al cabo la violencia misma de sus sentimientos la rindió. Lloró largo rato, desesperadamente; luego más dueña de sí misma y aquietada por el saludable estrago de su tormenta interior, le dijo a la hermana con una súbita resolución:
-Bien. Hay que tratar ahora de ver si se salva algo: siquiera el concepto de los demás. Nos iremos de aquí, donde todo el mundo nos conoce y nos sacarían a la cara esta vergüenza. Nos instalaremos en el campo hasta que tu hijo haya nacido. Y será mío. Yo mentiré y me prestaré a la comedia para salvarte a ti de la deshonra... y...
Pero no se atrevió a expresar su verdadero sentimiento, agregando: y para librarme yo de las burlas de la gente. Porque en aquel rapto de heroica abnegación no podía faltar, para que fuese humana, el flaco impulso de una pequeña pasión.
Amelia la oyó con sorpresa y se le llenaron de lágrimas los ojos que parecían haber olvidado el llanto: su instinto maternal midió un instante la enormidad del sacrificio que se le exigía.
Respondió resignada:
-Bueno, Enriqueta. Como tú digas. Será tuyo.

II
Confundiéndolas en un mismo amor creció Gustavo Adolfo al lado de aquellas dos mujeres que se veían y se deseaban para colmarlo de ternuras.

Era un pugilato de dos almas atormentadas por el secreto, para adueñarse plenamente de la del niño que era de ambas y a ninguna pertenecía.
-¡Mi hijo! ¡Mi hijito!...
Decía Enriqueta, comiéndoselo a besos, con el corazón torturado por el anhelo maternal que se desesperaba ante la evidencia de su mentira.
-¡Muchacho! ¡Muchachito!
Exclamaba Amelia, sufriendo la pena de Tántalo por no poder satisfacer su orgullo materno ostentando la verdad de su amor.
Y a medida que el niño crecía aumentaba el conflicto sentimental que cada una llevaba dentro del alma. Celábanse y espiábanse mutuamente: Enriqueta siempre temerosa de que Amelia descubriese algún día la verdad al niño; Amelia de continuo en acecho de las extremosas ternuras de la hermana para superarlas con las suyas. Por momentos esta perenne tensión de sus ánimos se resolvía en crisis de odio recíproco.
Acontecíales muy a menudo pasar días enteros sin dirigirse palabra, cada cual encerrada en su habitación, para no tener que sufrir la presencia de la otra, y cuando se sentaban en la mesa o, por las noches, se reunían en la sala en torno al niño que charlaba copiosamente hasta caer rendido de sueño sobre el sofá, una y otra lanzábanse feroces reojos a hurtadillas de la criatura que hacía las veces de intérprete entre ambas. A veces un simultáneo impulso de ternura reunía sobre la infantil cabecita las manos de ellas que se encontraban y tropezaban en una misma caricia; bruscamente las retiraban a tiempo que sus bocas contraídas por duros gestos de encono, dejaban escapar gruñidos que unas veces provocaban la hilaridad y otras la extrañeza del niño.
Pero la misma fuerza de la abnegación con que sobrellevaban la enojosa situación no tardaba en derramar su benéfico influjo sobre aquellos espíritus exasperados por el  amor y roídos por el secreto. Bastaba que un donaire del niño sacase a las bocas endurecidas por la pasión rencorosa, la ternura de una sonrisa; mirábanse entonces largamente, hasta que se les humedecían los ojos, y reconociéndose mutuamente buenas y sintiéndose confortadas por el sacrificio, olvidaban sus mutuos recelos, para decirse:
-¡Lo qué debes sufrir tú!
-Tú eres quien más sufre... y por mi culpa.
Eran momentos de honda vida interior que a veces no llegaba a sus conciencias bajo la forma de un pensamiento; pero que estaba allí, como el agua de los fondos, dándoles la momentánea intuición de algo inefable que atravesara sus existencias revelando cuanto de divino duerme en la entraña de la grosera substancia humana; instantes de una intensa felicidad sin nombre que les levantaba las almas en una suspensión de arrobamientos. Eran sus horas de santidad.
Y eran entonces los ojos del niño los que parecía que acertasen a ver mejor estos relámpagos del ángel en las miradas de ellas, porque siempre que aquello aconteció, Gustavo Adolfo se quedó súbitamente serio, viéndolas a las caras transfiguradas, con un aire inexpresable.

III
Así transcurrió el tiempo y Gustavo Adolfo llegó a hombre.
Mansa y calmosa, su vida discurría al arrimo de las extremadas ternuras de aquellas dos mujeres que eran para él una sola madre y en cuyas almas el fuego del sacrificio parecía haber consumido totalmente las escorias del recelo egoísta y del amor codicioso. Pero un día -él nunca pudo decir cuando ni por qué-, una brusca eclosión de subconciencia le llenó el espíritu de un sentimiento inusitado y extraño: era como una expectativa de algo que hubiese pasado ya por su vida y que, de un momento a otro hubiera de volver.
De allí en adelante aconteciole sentir esto muy a menudo, sobre todo cuando viniendo de la calle, ponía el pie en su casa. En veces fue tan lúcida esta visión inmaterial que llegó a adquirir la convicción de que toda su vida estaba sostenida sobre un misterio familiar, que él no podía precisar cuál fuese, a pesar de que, en aquellos momentos, estaba seguro de haber tenido en él inequívocas revelaciones, allá en su niñez. Sobrecogido de este sentimiento, que no se ocupaba de analizar, cada vez que entraba en su casa deteníase en el zaguán, con el oído contra la puerta, espiando el silencio interior, convencido de que algún día terminaría por oír la palabra que descorriese el velo de su inquietante misterio.
Y la escuchó por fin.
A tiempo que él entraba en el zaguán oyó la voz airada de Enriqueta diciéndole a Amelia:
-Y si no hubiera sido por mí, ¿qué sería de ti? Ni tu hijo te querría, porque Gustavo Adolfo no te hubiera perdonado el que lo hayas hecho hijo de una culpa. Me traicionaste, me quitaste el amor de mi marido...
-Pero te di mi hijo... ¿qué más quieres? Te he dado lo que tú no supiste tener. Me debes la mayor alegría de una mujer: oír que la llamen madre. Y te la he dado a costa mía...
-¡Traidora!... Mala mujer...
-¡Estéril!...
IV
Han pasado años y años... Están viejas y solas... Gustavo Adolfo las ha abandonado... Se revolvió del zaguán donde oyó la vergonzosa revelación de su misterio  y no volvió más a la casa... Lo esperaron en vano, aderezado el puesto en la mesa, abierto el portón durante las noches... ¡Ni una noticia de él! Tal vez había muerto...
Todavía lo aguardaban. El ruido de un coche que se detuviera cerca de la casa les hacía saltar los corazones... esperaban conteniendo el aliento, aguzados los oídos hacia el silencio del zaguán... y pasaban largos ratos bajo las puertas de sus dormitorios que daban al patio en una espera anhelosa... luego se metían de nuevo a sus habitaciones a llorar...
¡La vida rota! Destrozada en un momento de violencia por un motivo baladí: años de sacrificio, dos existencias de heroica abnegación frustradas de pronto porque a una se le cayó una copa de las manos y la otra profirió una palabra dura. Así comenzó aquella disputa vulgar y estúpida en la cual se fueron enardeciendo hasta concluir sacándose a las caras las mutuas vergüenzas; y así terminó para ellas, de una vez por todas, la felicidad que disfrutaban en torno al hijo común, y la santa complacencia de sí mismas, que experimentaban cuando medían el sacrificio que cada una había hecho y se encontraban buenas. Ahora las atormentaba la soledad... el silencio de días enteros, martirizándose con el inútil pensamiento:
-¿Por qué se me ocurrió decir aquello?
-¡Dios mío! ¿Por qué no me quitaste el habla?
-¡Y todo por una copa rota! ¡Quién pudiera recoger las palabras que no debió pronunciar!
-¡La hora menguada!...