domingo, 20 de noviembre de 2016

Alocucion a la Poesia


                                                                        Divina poesía,
tú, de la soledad habitadora,
a consultar tus cantos enseñada
con el silencio de la selva umbría;
tú, a quien la verde gruta fue morada,
y el eco de los montes compañía;
tiempo es que dejes ya la culta Europa,
que tu nativa rustiquez desama,
y dirijas el vuelo adonde te abre
el mundo de Colón su grande escena.
También propicio allí respeta el cielo
la simple verde rama
con que al valor coronas;
también allí la florecida vega,
el bosque enmarañado, el sesgo río,
colores mil a tus pinceles brinda;
y céfiro revuelto entre las rosas;
y fúlgidas estrellas
tachonan la carroza de la noche;
y el Rey del cielo, entre cortinas bellas
de nacaradas nubes, se levanta,
y la avecilla en no aprendidos tonos
con dulce pico endechas de amor canta.

¿Qué a ti, silvestre ninfa, son las pompas
de dorados alcázares reales?
¿A tributar también irás con ellos,
en medio de la turba cortesana,
el torpe incienso de servil lisonja?
No tal te vieron tus más bellos días
cuando en la infancia de la gente humana,
maestra de los pueblos y los reyes,
cantaste al mundo las primeras leyes.
No te detenga, ¡oh diosa!,
esta región de luz y de miseria,
en donde tu ambiciosa
rival Filosofía,
que la virtud a cálculo somete,
de los mortales te ha usurpado el culto;
donde la coronada hidra amenaza
traer de nuevo al pensamiento esclavo
la antigua noche de barbarie y crimen;
donde la libertad, vano delirio,
fe la servilidad, grandeza el fasto,
la corrupción cultura se apellida:
descuelga de la encina carcomida
tu dulce lira de oro, con que un tiempo
los prados y las flores, el susurro
de la floresta opaca, el apacible
murmurar del arroyo transparente,
las gracias atractivas
de natura inocente
a los hombres cantaste embelesados;
y sobre el vasto Atlántico tendiendo
las vigorosas alas, a otro cielo,
a otro mundo, a otras gentes te encamina,
do viste aún su primitivo traje
la tierra, al hombre sometida apenas;
y las riquezas de los climas todos,
América, del sol joven esposa,
del antiguo océano hija postrera
en su seno feraz cría y esmera.

Fragmento de Cien años de soledad



Un jueves de enero, a las dos de la madrugada, nació Amaranta. Antes de que nadie entrara en el cuarto, Úrsula la examinó minuciosamente. Era liviana y acuosa como una lagartija, pero todas sus partes eran humanas. Aureliano no se dio cuenta de la novedad sino cuando sintió la casa llena de gente. Protegido por la confusión salió en busca de su hermano, que no estaba en la cama desde las once, y fue una decisión tan impulsiva que ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse cómo haría para sacarlo del dormitorio de Pilar Ternera. Estuvo rondando la casa varias horas, silbando claves privadas, hasta que la proximidad del alba lo obligó a regresar. En el cuarto de su madre, jugando con la hermanita recién nacida y con una cara que se le caía de inocencia, encontró a José Arcadio.
Úrsula había cumplido apenas su reposo de cuarenta días, cuando volvieron los gitanos. Eran los mismos saltimbanquis y malabaristas que llevaron el hielo. A diferencia de la tribu de Melquíades, habían demostrado en poco tiempo que no eran heraldos del progreso, sino mercachifles de diversiones. Inclusive cuando llevaron el hielo, no lo anunciaron en función de su utilidad en la vida de los hombres, sino como una simple curiosidad de circo. Esta vez, entre muchos otros juegos de artificio, llevaban una estera voladora. Pero no la ofrecieron como un aporte fundamental al desarrollo del transporte, sino corno un objeto de recreo. La gente, desde luego, desenterró sus últimos pedacitos de oro para disfrutar de un vuelo fugaz sobre las casas de la aldea. Amparados por la deliciosa impunidad del desorden colectivo, José Arcadio y Pilar vivieron horas de desahogo. Fueron dos novios dichosos entre la muchedumbre, y hasta llegaron a sospechar que el amor podía ser un sentimiento más reposado y profundo que la felicidad desaforada pero momentánea de sus noches secretas. Pilar, sin embargo, rompió el encanto. Estimulada por el entusiasmo con que José Arcadio disfrutaba de su compañía, equivocó la forma y la ocasión, y de un solo golpe le echó el mundo encima. "Ahora sí eres un hombre", le dijo. Y como él no entendió lo que ella quería decirle, se lo explicó letra por letra:
-Vas a tener un hijo.
José Arcadio no se atrevió a salir de su casa en varios días. Le bastaba con escuchar la risotada trepidante de Pilar en la cocina para correr a refugiarse en el laboratorio, donde los artefactos de alquimia habían revivido con la bendición de Úrsula. José Arcadio Buendía recibió con alborozo al hijo extraviado y lo inició en la búsqueda de la piedra filosofal, que había por fin emprendido. Una tarde se entusiasmaron los muchachos con la estera voladora que pasó veloz al nivel de la ventana del laboratorio llevando al gitano conductor y a varios niños de la aldea que hacían alegres saludos con la mano, y José Arcadio Buendía ni siquiera la miré. "Déjenlos que sueñen" dijo. "Nosotros volaremos mejor que ellos con recursos más científicos que ese miserable sobrecamas." A pesar de su fingido interés, José Arcadio no entendió nunca los poderes del huevo filosófico, que simplemente le parecía un frasco mal hecho. No lograba escapar de su preocupación. Perdió el apetito y el sueño, sucumbió al mal humor, igual que su padre ante el fracaso de alguna de sus empresas, y fue tal su trastorno que el propio José Arcadio Buendía lo relevé de los deberes en el laboratorio creyendo que habla tomado la alquimia demasiado a pecho. Aureliano, por supuesto, comprendió que la aflicción del hermano no tenía origen en la búsqueda de la piedra filosofal, pero no consiguió arrancarle una confidencia. Habla perdido su antigua espontaneidad. De cómplice y comunicativo se hizo hermético y hostil. Ansioso de' soledad, mordido por un virulento rencor contra el mundo, una noche abandonó la cama como de costumbre, pero no fue a casa de Pilar Ternera, sino a confundirse con el tumulto de la feria. Después de deambular por entre toda suerte de máquinas de artificio, sin interesarse por ninguna, se fijó en algo que no estaba en juego: una gitana muy joven, casi una niña, agobiada de abalorios, la mujer más bella que José Arcadio había visto en su vida. Estaba entre la multitud que presenciaba el triste espectáculo del hombre que se convirtió en víbora por desobedecer a sus padres.
José Arcadio no puso atención. Mientras se desarrollaba el triste interrogatorio del hombre-víbora, se había abierto paso por entre la multitud hasta la primera fila en que se encontraba la gitana, y se habla detenido detrás de ella. Se apretó contra sus espaldas. La muchacha trató de separarse, pero José Arcadio se apretó con más fuerza contra sus espaldas. Entonces ella lo sintió. Se quedó inmóvil contra él, temblando de sorpresa y pavor, sin poder creer en la evidencia, y por último volvió la cabeza y lo miró con una sonrisa trémula. En ese instante dos gitanos metieron al hombre víbora en su jaula y la llevaron al interior de la tienda. El gitano que dirigía el espectáculo anunció:
-Y ahora, señoras y señores, vamos a mostrar la prueba terrible de la mujer que tendrá que ser decapitada todas las noches a esta hora durante ciento cincuenta años, como castigo por haber visto lo que no debía.
José Arcadio y la muchacha no presenciaron la decapitación. Fueron a la carpa de ella, donde se besaron con una ansiedad desesperada mientras se iban quitando la ropa. La gitana se deshizo de sus corpiños superpuestos, de sus numerosos pollerines de encaje almidonado, de su inútil corset alambrado, de su. carga de abalorios, y quedó prácticamente convertida en nada. Era una ranita lánguida, de senos incipientes y piernas tan delgadas que no le ganaban en diámetro a los brazos de José Arcadio, pero tenía una decisión y un calor que compensaban su fragilidad. Sin embargo, José Arcadio no podía responderle porque estaban en una especie de carpa pública, por donde los gitanos pasaban con sus cosas de circo y arreglaban sus asuntos, y hasta se demoraban junto a la cama a echar una partida de dados. La lámpara colgada en la vara central iluminaba todo el ámbito. En una pausa de las caricias, José Arcadio se estiró desnudo en la cama, sin saber qué hacer, mientras la muchacha trataba de alentarlo. Una gitana de carnes espléndidas entró poco después acompañada de un hombre que no hacía parte de la farándula, pero que tampoco era de la aldea, y ambos empezaron a desvestirse frente a la cama. Sin proponérselo, la mujer miró a José Arcadio y examinó con una especie de fervor patético su magnífico animal en reposo.
-Muchacho -exclamó-, que Dios te la conserve.
La compañera de José Arcadio les pidió que los dejaran tranquilos, y la pareja se acostó en el suelo, muy cerca de la cama. La pasión de los otros despertó la fiebre de José Arcadio. Al primer contacto, los huesos de la muchacha parecieron desarticularse con un crujido desordenado como el de un fichero de dominó, y su piel se deshizo en un sudor pálido y sus ojos se llenaron de lágrimas y todo su cuerpo exhaló un lamento lúgubre y un vago olor de lodo. Pero soportó el impacto con una firmeza de carácter y una valentía admirables. José Arcadio se sintió entonces levantado en vilo hacia un estado de inspiración seráfica, donde su corazón se desbarató en un manantial de obscenidades tiernas que le entraban a la muchacha por los oídos y le salían por la boca traducidas a su idioma. Era jueves. La noche del sábado José Arcadio se amarró un trapo rojo en la cabeza y se fue con los gitanos.
Cuando Úrsula descubrió su ausencia, lo buscó por toda la aldea. En el desmantelado campamento de los gitanos no habla más que un reguero de desperdicios entre las cenizas todavía humeantes de los fogones apagados. Alguien que andaba por ahí buscando abalorios entre la basura le dijo a Ursula que la noche anterior había visto a su hijo en el tumulto de la farándula, empujando una carretilla con la jaula del hombre-víbora: "¡Se metió de gitano!", le gritó ella a su marido, quien no había dado la menor señal de alarma ante la desaparición.
-Ojalá fuera cierto -dijo José Arcadio Buendía, machacando en el mortero la materia mil veces machacada y recalentada y vuelta a machacar-. Así aprenderá a ser hombre.
Úrsula preguntó por dónde se habían ido los gitanos. Siguió preguntando en el camino que le indicaron, y creyendo que todavía tenía tiempo de alcanzarlos, siguió alejándose de la aldea, hasta que tuvo conciencia de estar tan lejos que ya no pensó en regresar. José Arcadio Buendía no descubrió la falta de su mujer sino a las ocho de la noche, cuando dejó la materia recalentándose en una cama de estiércol, y fue a ver qué le pasaba a la pequeña Amaranta que estaba ronca de llorar. En pocas horas reunió un grupo de hombres bien equipados, puso a Amaranta en manos de una mujer que se ofreció para amamantaría, y se perdió por senderos invisibles en pos de Úrsula. Aureliano los acompañó. Unos pescadores indígenas, cuya lengua desconocían, les indicaron por señas al amanecer que no habían visto pasar a nadie. Al cabo de tres días de búsqueda inútil, regresaron a la aldea.
Durante varias semanas, José Arcadio Buendía se dejó vencer por la consternación. Se ocupaba como una madre de la pequeña Amaranta. La bañaba y cambiaba de ropa, la llevaba a ser amamantada cuatro veces al día y hasta le cantaba en la noche las canciones que Úrsula nunca supo cantar. En cierta ocasión Pilar Ternera se ofreció para hacer los oficios de la casa mientras regresaba Úrsula. Aureliano, cuya misteriosa intuición se habla sensibilizado en la desdicha, experimentó un fulgor de clarividencia al verla entrar. Entonces supo que de algún modo inexplicable ella tenía la culpa de la fuga de su hermano y la consiguiente desaparición de su madre, y la acosó de tal modo, con una callada e implacable hostilidad, que la mujer no volvió a la casa.
El tiempo puso las cosas en su puesto. José Arcadio Buendía y su hijo no supieron en qué momento estaban otra vez en el laboratorio, sacudiendo el polvo, prendiendo fuego al atanor, entregados una vez más a la paciente manipulación de la materia dormida desde hacia varios meses en su cama de estiércol. Hasta Amaranta, acostada en una canastilla de mimbre, observaba con curiosidad la absorbente labor de su padre y su hermano en el cuartito enrarecido por los vapores del mercurio. En cierta ocasión, meses después de la partida de Úrsula, empezaron a suceder cosas extrañas. Un frasco vacío que durante mucho tiempo estuvo olvidado en un armario se hizo tan pesado que fue imposible moverlo. Una cazuela de agua colocada en la mesa de trabajo hirvió sin fuego durante media hora hasta evaporarse por completo. José Arcadio Buendía y su hijo observaban aquellos fenómenos con asustado alborozo, sin legrar explicárselos, pero interpretándolos como anuncios de la materia. Un día la canastilla de Amaranta empezó a moverse con un impulso propio y dio una vuelta completa en el cuarto, ante la consternación de Aureliano, que se apresuró a detenerla. Pero su padre no se alteró. Puso la canastilla en su puesto y la amarró a la pata de una mesa, convencida de que el acontecimiento esperado era inminente. Fue en esa ocasión cuando Aureliano le oyó decir:
-Si no temes a Dios, témele a los metales.
De pronto, casi cinco meses después de su desaparición, volvió Úrsula. Llegó exaltada, rejuvenecida, con ropas nuevas de un estilo desconocido en la aldea. José Arcadio Buendia apenas si pudo resistir el impacto. "¡Era esto!", gritaba. "Yo sabía que iba a ocurrir." Y lo creía de veras, porque en sus prolongados encierros, mientras manipulaba la materia, rogaba en el fondo de su corazón que el prodigio esperado no fuera el hallazgo de la piedra filosofal, ni la liberación del soplo que hace vivir los metales, ni la facultad de convertir en oro las bisagras y cerraduras de la casa, sino lo que ahora había ocurrido: el regreso de Úrsula. Pero ella no compartía su alborozo. Le dio un beso convencional, como sí no hubiera estado ausente más de una hora, y le dijo:
-Asómate a la puerta.
José Arcadio Buendía tardó mucho tiempo para restablecerse de la perplejidad cuando salió a la calle y vio la muchedumbre. No eran gitanos. Eran hombres y mujeres como ellos, de cabellos lacios y piel parda, que hablaban su misma lengua y se lamentaban de los mismos dolores. Traían mulas cargadas de cosas de comer, carretas de bueyes con muebles y utensilios domésticos, puros y simples accesorios terrestres puestos en venta sin aspavientos por los mercachifles de la realidad cotidiana. Venían del otro lado de la ciénaga, a sólo dos días de viaje, donde había pueblos que recibían el correo todos los meses y conocían las máquinas del bienestar. Úrsula no había alcanzado a los gitanos, pero encontró la ruta que su marido no pudo descubrir en su frustrada búsqueda de los grandes inventos

sábado, 12 de noviembre de 2016

Evaluacion 11-12


Hola disculpa la tardanza en vista de que  no podras asistir a clases por tu reposo prenatal debes  realizar lo siguiente:

Evaluacion 1
Define sintagma
Define sujeto, tipos de sujeto y da ejemplos
Define predicado, tipos de predicado y complementos del predicado  , da ejemplos

Analiza sintácticamente las siguientes oraciones.
 Los niños van alegres.
 El libro resultó interesante.
 El discurso fue leído por el presidente en el Parlamento.
 Escuchó atento las indicaciones antes del examen.
Expulsaron a todos los borrachos de la sala de baile.


Esto lo haces llegar al liceo el dia  jueves 17 de noviembre.

Evaluacion 2

Define oracion simple y oracion compuesta
define oracion coordinada
define oracion yuxtapuesta da ejemplo
define  oraciones  coordinadas con nexo : copulativas, adversativas, distributivas, disyuntivas, explicativas  da ejemp[los
define oraciones  subordinadas
define  oraciones subordinadas sustantivas, adjetivas y adverbiales ( modo, tiempo, lugar, causales, consecivas, entre otras) da ejemplos

 Esta  la  debes  entregar el  jueves  17  de noviembre

Evaluacion 3

define  discurso lirico
define rima
define rima asonante y consonante dsa ejemplos
define  ley del acento final, da ejemplo
define  dieresis, sineresis, hiato metrioco o dialefa y sinalefa  da ejemplos

Evaluacion 4

define estrofas castellanas
define y da ejemplo de :
pareado, terceto, copla, endecha, serventecio, zejel, lira, quinteto y quintilla, sextina y sextilla, octavilla, octava real e italiana, decima, silva , estancia , soneto y romance 

Las  dos ultimas  son para entregar el 24 de noviembre  con  estas cuatro evaluaciones tendras  el 70 porciento evaluado. Las pruebas finales  son las  dos primeras semanas de diciembre.

martes, 1 de noviembre de 2016

Kumarwa, el Curare cuento Pemon semestre 3-4

—Dime, U-chiti-koko, dime, Oh Abuelita mía, ¿Dónde está mi mamá?
—U-Mu... tú lo sabes, Oh Hijo mío... está en el Konuko, se fue a buscar Kanari y Kesera, Yuca de cocinar y Yuca del pan de Kasabe y Yuca de la cerveza Kachiri, Aveku la yuca dulce y May, la amarga.
—Dime Koko y los Pemón y los Hombres, ¿adónde se fueron?
—Tú lo sabes Oh Hijo mío... se fueron a cazar o a pescar...
—¿Se fueron con Kurak-Titiipan?
—Sí, claro... con Kurak-Titiipan la Cerbatana-Silenciosa, para traernos Maruk la Gallinita de monte...
—¿Y se llevaron flechas con Kumarwa?
—¡Pero claro que sí, Hijo, con curare... Pero anda a jugar con tu hermanita, tengo que terminar esta cesta para tu padre, los peces pronto van a remontar el río. ¡Deja a tu vieja Koko, ella puede todavía trabajar!
—U-koko, Oh Abuela mía, ¿Es verdad que fueron los pájaros quienes trajeron el curare a los hombres?
—Sí u-Mu, sí Hijo mío, tú ya lo sabes, ya te conté la historia de Mochima-la-Harpía y de Ayiten-el-Pájaro-Carpintero que quiso morir por los Hombres...
—¡Kamake, kamake, u-chiti-koko, cuénta, cuéntalo otra vez, Oh Abuelita mía!
—Bueno pues...
—Muere-daktay, en ese tiempo, los Hombres y los animales hablaban y trabajaban juntos, pero ya no podían casarse... Muere-daktay, en ese tiempo, Mochima-el-Águila-Harpía arrasaba con toda la selva. Iba en los nidos, le caía encima a los pueblos, reventaba los huevos de los pájaros, reventaba los ojos de los Hombres, ¡chirik, chirik, chirik!
Nosotros los Indios, nosotros los Hombres, estábamos muy tristes. Los Pájaros, amigos nuestros en ese tiempo, estaban también muy tristes. Los Hombres ya no podían cazar y se morían de hambre, los Pájaros ya no tenían hijitos... La vida de la selva era muy dura por culpa de Mochima-el-Águila-Harpía.
Un día, los Hombres y los Pájaros estaban juntos trabajando en la construcción de una nueva Tapuy.
Kurachire el ruiseñor de la selva cantaba. Hacía bastante tiempo que Mochima no había pasado por allí. Ayiten-el-Carpintero traía las lianas de los árboles, los otros pájaros buscaban las palmas del techo. Todo el mundo trabajaba hablando, es decir cantando. Maruk-la-Gallina, que no sabe volar ni cantar, miraba a todo el mundo y de vez en cuando, se iba a la selva a buscar piñas salvajes para la sed de los Hombres.
Pero Mochima llegó. Y Mochima lo destrozó todo. Y Mochima-el-Águila-Harpía, sacó los ojos al hombre que amarraba las palmas en lo alto del techo de la Tapuy.
Entonces todo el mundo lloraba. Hombres y Pájaros juntos.
Entonces Maruk que no sabe cantar, se puso a hablar.
Hay que matar a Mochima, es demasiado mala con los Hombres y los Pájaros, dijo ella. Pero Hombres y Pájaros se pusieron a gemir...
¡Oh Maruk, es imposible. Kurak-Titiipan, la Cerbatana-Silenciosa tiene las flechas tan débiles y el cuero de Mochima es tan duro!
Pero Maruk-la-Gallina seguía con su idea.
Yo conozco un árbol. Cuando me paseo cerca de él, me da ganas de dormir para siempre. La sangre de este árbol da ganas de dormir para siempre. Vamos a hablar con él, dijo ella.
Todos los Pájaros y todos los Hombres se pusieron en fila detrás de Maruk y caminaron, sen sen sen, son son son, caminaron, caminaron hasta el Árbol-que-hace-dormir-para-siempre.
Pero cuando Maruk se paró, todo el mundo se paró también. Veían muy bien el Árbol, pero ninguno quería acercarse para hablarle.
Nadie deseaba dormir para siempre.
Fue Ayiten quién se decidió.
Voló hasta el Árbol. Y como un pájaro-carpintero cuando encuentra un árbol siempre lo picotea, picoteó El-Árbol-que-hace-dormir-para-siempre.
¡Aytuuu!
Se cayó para atrás. Pero Wandanwan-el-Comején, que come madera como el pájaro carpintero, le hizo un remedio con Kavay-el-Tabaco y Ayiten pudo levantarse. Pero enseguida quiso ensayar de nuevo. Voló hasta el árbol y ¡Aytuuu! Se cayó otra vez. Pero como los comejenes lo querían, volvieron a darle el gusto de vivir.
Los Pájaros y los Indios sabían ahora que la sangre de ese Árbol hacía realmente dormir para siempre.
Entonces, con totumitas, ayudados por los comejenes que no temían al Árbol, se llevaron la sangre negra del Árbol-que-hace-dormir-para-siempre.

Cuando Mochima volvió, estaba esperando. Y como los pájaros tenían miedo de mojarse los picos con la sangre del Árbol, los Hombres la pusieron en las flechas de las cerbatanas.

Cuando Mochima recibió la primera flecha, se puso a reír. Se burlaba de los Hombres y de los Pájaros... Pero, ¡Aytuuu! Dejó de reír. No veía más nada, sus alas estaban tiesas, el frío le agarraba el corazón.
Se durmió para siempre.
—¿Etikasak, Koko?
—Ina, etikasak, Mochima-el-Águila-Harpía había muerto. Y los Hombres y los Pájaros eran por fin libres.
—Dime, Abuela, ¿Cómo es? ¿Cómo se llama el-Árbol-que-hace-dormir-para-siempre?
—¡U-Mu! ¡Wapute! ¡Es un secreto, Hijo mío! Es asunto del Piache, secreto del Brujo. Un secreto terrible. Sólo para los Piaches. ¡Hombres malos podrían tener ganas de hacerse Kuadu-la-Guerra con Kumarwa-el-Curare! ¡Pemonton-Etikasak! ¡Sería la Muerte-de-los-Hombres!

Fragmento Hombres de Maiz



El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le roben el sueño de los ojos...
El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le boten los párpados con hacha...
El Gaspar Ilóm deja que a la tierra de Ilóm le chamusquen la ramazón de las pestañas con las quemas que ponen la luna color de hormiga vieja...
El Gaspar Ilóm movía la cabeza de un lado a otro. Negar, moler la acusación del suelo que estaba dormido con su petate, su sombra y su mujer y enterrado con sus muertos y su ombligo, sin poder deshacerse de una culebra de seiscientas mil vueltas de lodo,
luna, bosques, aguaceros, montañas, pájaros y retumbos que sentía al rededor del cuerpo.

La tierra cae soñando de las estrellas, pero despierta en las que fueron montañas, hoy cerros pelados de Ilóm, donde el guarda canta con lloro de barranco, vuela de cabeza el gavilán, anda el zompopo, gime la espumuy y duerme con su petate, su sombra y su mujer el que debía trozar los párpados a los que hachan los árboles, quemar las pestañas a los que chamuscan el monte y enfriar el cuerpo a los que atajan el agua de los ríos que corriendo
duerme y no ve nada pero atajada en las pozas abre los ojos y lo ve todo con mirada honda...
El Gaspar se estiró, se encogió, volvió a mover la cabeza de un lado a otro para moler la acusación del suelo, atado de sueño y muerte por la culebra de seiscientas mil vueltas de lodo, luna, bosques, aguaceros, montañas, lagos, pájaros y retumbos que le martajaba los huesos hasta convertilo en una masa de frijol negro; goteaba noche de profundidades.
Y oyó, con los hoyos de sus orejas oyó:
Conejos amarillos en el cielo, conejos amarillos en el monte, conejos amarillos en el agua guerrearán con el Gaspar. Empezará la guerra mel Gaspar Ilóm arrastrado por su sangre, por su río, por su habla de ñudos ciegos...
La palabra del suelo hecha llama solar estuvo a punto de quemarles las orejas de tuza a los conejos amarillos en el cielo, a los conejos amarillos en el monte, a los conejos amarillos en el agua; pero el Gaspar se fue volviendo tierra que cae de donde cae la tierra, es decir, sueño que no encuentra sombra para soñar en el suelo de Ilóm y nada pudo la llama solar
de la voz burlada por los conejos amarillos que se pegaron a mamar en un papayal, convertidos en papayas del monte, que se pegaron al cielo, convertidos en estrellas, y se disiparon en el agua como reflejos con orejas.
Tierra desnuda, tierra despierta, tierra maicera con sueño, el Gaspar que caía de donde cae la tierra, tierra maicera bañada por ríos de agua hedionda de tanto estar despierta, de agua verde en el desvelo de las selvas sacrificadas por el maíz hecho hombre
sembrador de maíz. De entrada se llevaron los maiceros por delante con sus quemas y sus hachas en selvas abuelas de la sombra, doscientas mil jóvenes ceibas de mil años


Miguel Ángel Asturias
(Guatemala, 1899 – París, 1974) Poeta, narrador, dramaturgo, periodista y diplomático guatemalteco, considerado uno de los protagonistas de la literatura hispanoamericana del siglo XX. El empleo personal que hace de la lengua castellana constituye uno de los mundos verbales más densos, sugerentes y dignos de estudio de las letras hispánicas.
Su primera obra importante es Leyendas de Guatemala(1930), conjunto de relatos que apareció en París con un prólogo de P. Valéry, y que pertenece a su primer ciclo junto con El Señor Presidente (1946) y Hombres de maíz (1949). El Señor Presidente tiene como asunto la vida en Guatemala durante la dictadura de Estrada Cabrera. Dice el autor que "(...) a través de mi piel se filtró el ambiente de miedo, de inseguridad, de pánico telúrico que se respira en la obra". En Hombres de maízse puede ver el realismo mágico que subyace en toda su creación literaria. Representa, además, una consideración acerca del desarrollo de la humanidad desde una sociedad primitiva, analfabeta, y desde el mundo actual, liberal y capitalista.
En el género del cuento escribió además Week-end en Guatemala, (1955), El espejo de Lida Sal (1967), Tres de cuatro soles (1971). Además de las novelas mencionadas, publicó Viento fuerte (1950), El Papa verde (1954), Los ojos de los enterrados (1960), El alhajadito (1961), Mulata de tal (1963), Maladrón(1969) y Viernes de dolores (1972).
En teatro merecen citarse Soluna (1955), La audiencia de los confines (1957), Chantaje y Dique seco (1964). En poesía, Anoche, 10 de marzo de 1543 (1943), Sien de alondra (1948), Ejercicios poéticos en forma de soneto sobre temas de Horacio (1951), Alto en el sur(1952), Bolívar, Canto al libertador (1955), Nombre custodio e imagen pasajera (1959) y Clarivigilia primaveral (1965). En ensayo, El problema social del indio (1923), Arquitectura de la vida nueva (1928),Carta aérea a mis amigos de América (1952) yLatinoamérica y otros ensayos (1968).